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Era invierno. Luciano Saracino, amigo y escritor, había venido
a pasar unos días a casa cambiando su verano por las nieves de
Europa. Le pedí que me escribiera un cuento. Luciano escribe
a borbotones y es de esas personas a las que se les pueden hacer esas
peticiones a bocajarro.
Yo estaba embarazada de tres meses, y mientras dormía una de
esas siestas ineludibles (¡cuándo volveré a dormir
siquiera una siestecilla!), Luciano escribió de una sentada la
base del Cuento hasta tres. Tomó como motivo un dibujo
de mi carpeta en la que aparece un niño en un patio que cuenta
con los dedos de una mano.
Esa acuarela me la imaginaba como parte de una historia en la que el
niño estaba siempre acompañado por una nube. Pero la nube
no aparecía dibujada en la acuarela y Luciano no sabía
nada de esa historia imaginada.
Lo que le salió de esa sentada fue la historia de Lucas, un niño
que cada mañana busca las cosas que la noche se deja olvidadas
en su patio, hasta que un día descubre que lo que ha dejado la
noche, es una nube.
El dibujo había encontrado por fin su historia y esa tarde nos
dedicamos a trabajarla. Casi siempre ocurre que los escritores crean
sus historias y luego se las pasan a la persona que las ilustra, pero
lo maravilloso de esta experiencia fue el trabajo conjunto que hicimos:
sobre ese texto inicial, preparé una primera secuencia de imágenes.
A partir de ella, Luciano reelaboró el texto y a partir de esa
nueva versión, redibujé el story, de tal forma que fuimos
encajando juntos el story board. Eso nos permitió construir de
manera muy fluida la narración, ubicábamos los personajes
y la acción evitando “doblar” información
en texto e imagen. Como además el protagonista ya estaba dibujado,
nos resultaba muy sencillo visualizar la historia.
Tras esa tarde, Luciano siguió su viaje europeo y yo me puse
a ilustrar el cuento. Dice una amiga que a las embarazadas les salen las cosas bien porque
no ponen intención en ellas, ya que cualquier labor terrenal
es para una futura madre mucho menos importante que lo que se está gestando
en su interior. Y la verdad es que con esa actitud me dispuse a hacer
la maqueta que presentamos al concurso de Álbum Ilustrado Ciudad
de Alicante.
Pasaron los meses y la tripa iba creciendo. El nueve de junio casi me pongo de
parto cuando recibí una llamada de Alicante que me informaba de que habíamos
ganado el primer premio del concurso. Y es que la sabiduría popular ya
lo dice: los niños vienen con un pan debajo del brazo. |